
Mariano Moreno y Manuel Belgrano
Muchos creen interpretar el presente sin tener en cuenta lo que ocurrió en el pasado. Aunque esto sea algo obvio para los historiadores no lo es para la mayoría de las personas, que intentan acceder a interpretaciones sin fundamentos. Entonces, creen que la mera opinión (aquella doxa platónica que advertía sobre el peligro de llegar al conocimiento) es suficiente para interpretar una realidad que tiene sus causas en el pasado. Y es así que las sociedades caen permanentemente en los mismos errores y en las mismas trampas que tienden aquellos que malintencionadamente intentan confundir, con el objetivo de que el pensamiento crítico no prospere en las mayorías.
Es así que el pensamiento se convierte en un peligro latente. Y los que detentan el poder necesitan confundir para evitar complicaciones, para evitar que las sociedades crezcan, despierten y cuestionen a los poderes establecidos.
"Tenéis que dispertar", advertía Manuel Belgrano en ese viejo castellano colonial, cuando la revolución de mayo ya estaba en proceso. Ese mensaje lanzado a la población era la luz que ofrecía como instrumento práctico necesario para cambiar la realidad de la época. La caída del rey en España y la desorientación en torno a la pérdida de esa autoridad dieron paso al deseo de cambiar las reglas de juego y muchos criollos, y hasta españoles comprometidos con las tierras americanas, comenzaron a agitar las banderas de un nuevo orden. El despertar que pedía Belgrano no era un despertar a una consciencia budista, era el despertar revolucionario, el darse cuenta de una situación adversa para poder cambiarla y encaminarse a una sociedad libre, independiente y soberana, tal como lo había hecho Estados Unidos con su independencia y como lo habían establecido los protagonistas de la revolución francesa.
Esta posición política tampoco consistía en una casual definición y acción del momento histórico. Tenía su sustento en los actores de la Ilustración, en pensadores como Hobbes, Rousseau, Montesquieu, entre otros, que venían desarrollando filosofías que representaban esos postulados de libertad, igualdad y fraternidad, opuestos al absolutismo y a la pesada injerencia de instituciones medievales como las de la Inquisición.
Uno de los fogosos impulsores de estas filosofías en América fue Mariano Moreno, el secretario de la junta de mayo tildado de "malvado de Robespierre" por el presidente de esa misma junta revolucionaria, el coronel Cornelio Saavedra. A partir de allí nacerían dos visiones sobre el proceso revolucionario que debía darse en las provincias del Río de la Plata. No sería hasta 1816, y con muchas dudas, en que se proclamaría la independencia, en un territorio disperso y conflictivo.
La Revolución de Mayo y las guerras de la independencia, aunque dentro del mismo proceso, a veces parecen contrapuestas. Las personalidades de los actores definirán gran parte de esa historia. Las divergencias entre el prestigioso Saavedra de las invasiones inglesas y los morenistas que intentaban profundizar la revolución generaron divisiones y acciones políticas enfrentadas. La revolución de mayo no era un alegre acontecer donde French y Berutti repartían escarapelas. Primero que las escarapelas no existían y segundo que esos dos personajes eran revolucionarios de armas llevar y repartir. Distribuían distintivos para reconocerse entre ellos en las movilizaciones de esas primeras horas tan confusas como peligrosas, ya que se trataba de derrocar al virrey. Eran conocidos como los "chisperos", por las armas que utilizaban. Y eran la fuerza de choque de un movimiento revolucionario que se estaba gestando. La historia de estos dos personajes, lejos de la literatura escolar que se impuso por "aquellos" a los que aludía al principio de esta nota, estuvo signada por una vida revolucionaria activa y violenta. De hecho Berutti terminó incorporado al Ejército de los Andes y French exiliado, hasta que regresó y se unió en lucha contra las tropas del santafesino Estanislao López.
Pero regresando a los inicios de la revolución, estos dos personajes, obviamente, por la manera de actuar, apoyaron a Moreno. Posteriormente, la misteriosa muerte de Moreno ahondó las diferencias entre tibios y acalorados revolucionarios y aparece en escena Bernardo de Monteagudo en reemplazo de Moreno. Venía de participar de la Sociedad Patriótica, germen de lo que sería poco después la Logia Lautaro, la organización secreta que aglutinaba masones en pro de la lucha por la independencia. Allí estaba José de San Martín, quien no tuvo pocos problemas con ese poder de Buenos Aires, que se estaba constituyendo en un territorio convulsionado por una revolución que tenía menos de locro y empanadas y pastelitos calientes que vendían las negras sin dientes, que destituciones, muertes, traiciones e ideales a concretar con el fin de arribar a una sociedad más igualitaria, libre y soberana.
La revolución de mayo fue hija de las filosofías de la ilustración y fue agitada, llevada a cabo y soñada por hombres y mujeres que deseaban cambiar su historia presente.
En nuestro presente histórico también podemos ser protagonistas de cambios, pero no podemos depender de la llegada de una persona que nos ilumine y nos guíe como si fuera un profeta. Tenemos la obligación de hacernos cargo de este presente y crear una historia maravillosa para el futuro. Esa consciencia de los revolucionarios de mayo que llamaban a comprometerse forma parte también de la vida cotidiana de las personas.
Ese era el "dispertar" que pedía Belgrano y que, tal vez, necesitamos en estas épocas de revoluciones tecnológicas, hipocresías y ambiciones extremas.
