Músico sanlorencino, flautista y multi instrumentista, Pablo Giménez lleva casi dos décadas radicado en Barcelona, desde donde construyó una destacada carrera internacional.
De regreso por unos días a la región, sin planificarlo demasiado tocó en Timbúes en un encuentro cargado de afecto, memoria y música compartida con artistas amigos.
—Empecemos por lo último… El viernes tocaste con un grupo de amigos en Timbúes, como una especie de reencuentro. ¿Cómo se armó esa juntada?
—Fue totalmente sin programarlo. En realidad, este viaje tampoco estaba planificado. Tenía unos días libres entre compromisos y trabajo allá, aprovechando las vacaciones de invierno, y un sábado armé la mochila y dije: “me voy para Argentina”. Así, de una. Avisé a mis hermanos, a mis amigos, y fue todo muy espontáneo.
Yo les decía: “miren que voy relajado, sin expectativas, quiero disfrutar”. Siempre llevo conmigo lo que llamo la caña de pescar, la varita mágica (la flauta). Hablando con Claudio Formica, con Diego, enseguida surgió la idea de hacer algo, pero la premisa original era juntarnos, vernos, compartir, comer un asado. Nada más.
Al final apareció la posibilidad de tocar por la zona y me puse a pensar que la última vez que había tocado en San Lorenzo fue en 2015, en el teatro. Hace casi once años. Fue un concierto muy especial, en un momento duro porque mi mamá estaba enferma. Fue también un abrazo musical después de muchos años.
Ahí tomé conciencia de cuánto significa San Lorenzo para mí. Viví 28 años acá, hice tantas cosas, y siento que esta ciudad me dio las alas para todo lo que vino después.
—Entonces salió esta reunión de músicos con público, con el baterista Lautaro Bernaechea, el guitarrista Claudio Formica, el guitarrista y cantante Facundo Leguizamón, el violinista y cantante Diego Leisamón y vos, Pablo Giménez, que también cantás, en un espacio donde se pudo compartir el arte y estar cerca de la gente.
—Eso me encanta. Me parece fundamental que existan espacios así, donde se pueda compartir el arte de manera cercana. Siempre lo digo, en cualquier lugar del mundo -también en Barcelona- cuando hay espacios culturales hechos con conciencia y con amor, hay que ir y apoyarlos.

—Ahora contame, ¿a qué te dedicás en Barcelona?
—Tengo lo que se podría llamar un pluriempleo. Me dedico a la música, que es mi propósito en esta vida: como instrumentista con aerófonos andinos, con la flauta traversa, con la voz, y también como docente.
Desde los cinco años, en el Centro Cultural Municipal de San Lorenzo, no dejé nunca de subirme a un escenario. Tengo 47 años, imaginate cuántos escenarios y cuántas vivencias.
Además, hace unos años monté una productora audiovisual. Me encanta la fotografía y el mundo audiovisual, siempre ligado al arte: música, teatro, danza. Es algo que disfruto mucho y que descubrí hace siete u ocho años. Desde entonces no paré de aprender.
A veces pienso en todo lo vivido y tengo la sensación de haber vivido dos vidas en una sola… o tres, no lo sé.
—Bueno, en estas casi dos décadas desde que te fuiste, tuviste muchísimas experiencias musicales, con distintos grupos.
—Sí, muchísimas. Trabajé como sesionista para otros músicos, grabé muchos discos, incluso para discográficas internacionales. Eso me permitió viajar y colaborar con artistas como Gloria Estefan, David Bisbal, Pasión Vega, Maite Martín y, más recientemente, Marta Gómez.
También trabajé con grandes referentes del flamenco, del jazz y de la música brasileña, artistas muy reconocidos en Europa y a nivel internacional.

—Eso te dio la posibilidad de llevar tus interpretaciones a muchos países…
—Increíblemente sí. Toqué en Rusia en dos oportunidades, y también en Dinamarca, Suecia, Noruega, Polonia, Alemania, Francia, Inglaterra, Luxemburgo, Italia, Bélgica.
Una de las experiencias más impresionantes fue en Noruega, tocando en una iglesia antiquísima, de la época de los vikingos. Fue un concierto dirigido por Guillermo Risotto, guitarrista rosarino, con quien formamos un dúo y grabamos un disco.
Éramos músicos de distintos países: Grecia, Noruega, Argentina. El concierto se grabó en directo, con un sistema analógico, como se hacía en los discos de vinilo, y luego se digitalizó. Hoy se puede escuchar en plataformas, pero nació como algo absolutamente único.
—Tu flauta y tus aerófonos están presentes en muchísimos discos de otros géneros también.
—Sí, en muchísimos. Y lo curioso de ese concierto en Noruega fue que era la primera vez que en esa región se escuchaba un instrumento andino en una iglesia vikinga. Fue una gran responsabilidad.
Había una cantante noruega tocando una especie de lira, contemporánea a la quena. Instrumentos de la misma época, de culturas distintas, sonando juntos en un espacio sagrado. Fue algo que todavía me emociona recordarlo.
—A pesar de estar en Europa, muchos de los intercambios que lograste con otros artistas, fue con músicos latinoamericanos.
—Totalmente. Trabajé con música de Colombia, Brasil, Chile, Bolivia, Perú, México. Es un lenguaje común que nos une. Además, muchas raíces rítmicas de Latinoamérica vienen de África y del mestizaje histórico, algo que también está presente en Europa. Esa riqueza cultural es impresionante.
—Pablo, ¿y como productor cómo te ves potenciando nuevos artistas?
—Se está dando de forma natural. Empecé desde la producción musical, arreglos, discos, y ahora la productora tiene tres áreas: audiovisual, musical y una nueva que estamos desarrollando, que es management y booking.
Aprovechamos los contactos y la experiencia de tantos años. También trabajo como asesor en festivales, como el Festival Latir, de música latinoamericana, donde colaboro en la programación de artistas internacionales. Mi idea es seguir creando puentes culturales entre Europa y Latinoamérica.

—Pensaba recién cuando hablabas de que una de tus obras está dedicada al río Carcarañá y al Paraná. ¿Tiene que ver con llevar el paisaje nuestro para allá?
—Sí, totalmente. Barcelona es una ciudad muy cosmopolita, con muchísimos argentinos. Pasa algo parecido a lo que pasó históricamente en los puertos del Paraná: gente de distintos lugares que llegaba a trabajar y traía su acervo cultural.
Tengo muchas ganas de crear puentes reales: llevar artistas de Cataluña a Argentina y artistas de esta región para Europa. Promover la música y el intercambio cultural es un deseo que siempre tuve y que hoy siento más posible.
—Entonces, ¿hay lugar para la creación? ¿Componés también?
—Sí, estoy componiendo desde hace un tiempo. Muchas veces compongo para otros, para arreglos, pero este año tengo pensado grabar un disco propio. Después de haber trabajado con tantos músicos, hacerlo ahora sería muy natural.
—¿Cómo viviste en estos casi 20 años en Europa el avance tecnológico y digital en la música?
—Es un desafío, pero también algo muy positivo. Hoy el artista es 360: compone, graba, edita, mezcla y promociona. Es un aprendizaje constante. No es fácil llegar al público, pero con un posteo podés hacerlo sin depender de un sello discográfico.
—¿Cómo definirías el momento actual del arte hispanoparlante?
—Creo que Europa está mirando más a Latinoamérica que antes. Se está reconociendo la enorme riqueza humana y artística que tenemos. Argentina sigue siendo un gigante creativo.
Al mismo tiempo, nos preocupa el avance de ciertas derechas que históricamente han restringido el desarrollo cultural. Como artistas, sentimos la responsabilidad de defender una cultura que haga pensar, emocionar y movilizar.
El arte no puede ser superficial. Tiene que interpelar, sensibilizar, generar pensamiento crítico. Esa es, para mí, la verdadera finalidad de la cultura.
