
Por Gabriela Balbuena (Docente. Investigadora)
Mientras las escuelas abren sus aulas y los/as estudiantes cumplen con sus prácticas, las instituciones formadoras muchas veces no logran capitalizar esas experiencias como conocimiento. La ausencia de dispositivos institucionales para pensar la práctica revela un problema pedagógico, pero también profundamente político.
Pensar las prácticas docentes en la formación inicial como espacios de diálogo entre instituciones implica, en primer lugar, correrse de una concepción meramente instrumental de la formación. No se trata de “ir a la escuela a practicar”, sino de habitar un territorio pedagógico compartido donde se ponen en juego saberes, experiencias, tradiciones y tensiones.
Las escuelas y los institutos de formación docente no son escenarios neutrales. Son instituciones atravesadas por historias, culturas y modos de producción de conocimiento diferentes. Mientras los institutos organizan la enseñanza desde marcos teóricos, problematizaciones y horizontes de transformación, las escuelas operan en la inmediatez de la práctica, condicionadas por demandas múltiples y saberes construidos en la experiencia.
El problema no radica en esa diferencia, sino en la ausencia de mediaciones institucionales que permitan ponerla en diálogo.
En efecto, las experiencias de práctica suelen ser abordadas en el interior de los Talleres de Práctica: allí se analizan, se discuten y se problematizan. Sin embargo, ese trabajo queda, en la mayoría de los casos, circunscripto a esos espacios, sin lograr proyección institucional.
La pregunta, entonces, es inevitable: ¿qué hace el instituto con ese caudal de experiencias?
Cuando no existen dispositivos institucionales que recuperen, sistematicen y pongan en circulación lo que las y los estudiantes producen en sus prácticas, ese conocimiento queda fragmentado, disperso y, en última instancia, invisibilizado. Así, la práctica pierde densidad pedagógica y la experiencia se reduce a una calificación que se inscribe en un libro de promoción. Y se cierra.
En este punto, el problema deja de ser didáctico para volverse institucional y epistemológico.
¿Qué valor tiene la experiencia de las prácticas en la formación docente? ¿Ayuda para pensar la enseñanza o simplemente un requisito para acreditar una materia?
Resulta necesario interrogar también el modo en que las propias instituciones formadoras organizan el campo de la práctica. En muchos institutos, existe un área específica -generalmente denominada Jefatura de Práctica- encargada de articular los distintos talleres. Sin embargo, con frecuencia, estas instancias quedan reducidas a la gestión administrativa de las trayectorias: asignación de escuelas, firma de convenios, control de asistencias, cumplimiento de requisitos formales. A ello se suma, en muchos casos, la sobrecarga de tareas o la falta de horas institucionales que permitan desplegar propuestas pedagógicas más sustantivas. Otros institutos, incluso, carecen de este espacio.
Esta situación no es neutra: es profundamente política. La asignación de horas, la jerarquización de áreas y la creación de dispositivos institucionales son decisiones que expresan una determinada concepción de la formación docente.
En este contexto, emerge una paradoja: instituciones dedicadas a formar docentes que no cuentan, en muchos casos, con espacios institucionales sostenidos para pensar colectivamente las prácticas. Para analizarlas, sistematizarlas y transformarlas en conocimiento pedagógico.
De este modo, la formación corre el riesgo de escindirse: por un lado, lo teórico; por otro, lo práctico, sin mediaciones suficientes que los articulen. Y en esa escisión, algo se debilita.
Porque cuando la experiencia no se vuelve objeto de pensamiento colectivo, pierde su potencia transformadora.
Pero hay otra pregunta, quizás más incómoda, que también deberíamos formular: ¿Qué devuelve, o mejor aún, qué co-crea el instituto con las escuelas?
Las escuelas primarias abren sus aulas, habilitan la presencia de estudiantes en formación, ponen a disposición su tiempo, sus saberes y sus condiciones reales de trabajo. ¿Qué construye, a partir de esa experiencia, la institución formadora en términos de devolución y producción?
Si las prácticas no se sistematizan, si no se elaboran colectivamente, si no se transforman en conocimiento compartido, difícilmente puedan retornar a las escuelas en forma de aportes, preguntas o propuestas. En ese sentido, el vínculo entre instituciones queda reducido a una lógica funcional: las escuelas reciben estudiantes; los institutos acreditan prácticas.
El desafío debe ser otro. Se trata de pensar las prácticas como dispositivos de co-formación y producción pedagógica compartida. De generar condiciones institucionales para que la experiencia circule, se nombre, se analice y se transforme en saber.
Esto implica construir espacios donde las voces de quienes se están formando tengan lugar; donde la experiencia no se agote en la evaluación; donde las instituciones no solo cumplan funciones, sino que produzcan conocimiento sobre lo que hacen.
Porque no alcanza con formar docentes que “hagan sus prácticas”. Se trata de formar instituciones capaces de pensar la práctica, hacerla pública y transformarla.

