
El Maestro Internacional Pablo Acosta visitó San Lorenzo para participar de una simultánea organizada por la escuela de ajedrez del Club Centro El Progreso. Durante su paso por la ciudad repasó una historia marcada por el esfuerzo, los sacrificios familiares y una pasión que comenzó a los cuatro años y lo llevó a competir junto a las máximas figuras del mundo.
Antes de colocarse frente a los tableros y compartir una jornada con niños y adultos sanlorencinos, Pablo Acosta, en diálogo con SINTESIS, contó cómo nació su vínculo con el ajedrez, una disciplina que terminó transformando su vida.
El actual Gran Maestro Internacional recordó que todo comenzó cuando apenas tenía cuatro años. Su padre, aficionado al juego, le llevó un tablero y empezó a enseñarle los movimientos básicos. La curiosidad hizo el resto.
"Yo era muy curioso. Quería saber cómo se llamaban las piezas y él me fue enseñando", relató.
A partir de entonces comenzó un camino que avanzó rápidamente. Con apenas seis años, y gracias al esfuerzo de su familia, participó de un Campeonato Argentino en Colón, donde obtuvo su primer título nacional. Aquella conquista le abrió las puertas de competencias internacionales y, poco después, de un Mundial Infantil disputado en Vietnam.
"Jugar un mundial a esa edad era algo impensado", recordó sobre aquella experiencia que todavía considera una de las anécdotas más importantes de la primera etapa de su vida.
Una infancia atravesada por el sacrificio
Detrás de los logros deportivos hubo una realidad compleja. Acosta explicó que creció en una familia humilde de Salta y que, tras la separación de sus padres, las dificultades económicas obligaron a todos a hacer esfuerzos adicionales.
Con apenas diez años acompañaba a su abuelo materno en la venta ambulante de maní y helados para ayudar al sostenimiento del hogar. "Para traer el plato a la mesa no me quedaba otra que salir a trabajar", contó.
Todavía conserva el recuerdo de aquellas largas jornadas recorriendo las calles junto a su abuelo empujando el pesado carrito. "Siempre recuerdo que ayudaba a mi abuelo porque el carro era muy pesado", señaló.
A pesar de las dificultades, nunca abandonó completamente el ajedrez. Su talento seguía siendo reconocido en los torneos que disputaba y, en 2013, llegó una oportunidad que cambiaría su destino.

La apuesta que cambió su vida
La Universidad de La Punta, en San Luis, decidió convocarlo para integrarse a su programa de desarrollo ajedrecístico. La propuesta implicaba dejar su provincia y alejarse de su familia siendo todavía un adolescente. "Era un sacrificio porque significaba dejar a mi familia para buscar algo mejor para mí", recordó.
Aquella apuesta rindió frutos. Instalado en San Luis comenzó una formación más profesional, combinando los estudios secundarios con una intensa preparación ajedrecística.
A los 14 años obtuvo el título de Maestro Internacional durante un campeonato sudamericano disputado en Uruguay, convirtiéndose en ese momento en el jugador más joven de Argentina en alcanzar esa distinción.
El sueño de llegar a la élite mundial
La progresión continuó durante los años siguientes. Acosta fue mejorando su ranking internacional y sumando experiencia en competencias de primer nivel.
A los 18 años comenzó una nueva etapa, ya independizado y trabajando como profesor de ajedrez, una actividad que terminó convirtiéndose también en una de sus grandes pasiones. "Me gustó no solamente la parte competitiva, sino también dar clases", explicó.
El salteño destacó especialmente la influencia que tuvieron en su formación la Gran Maestra Claudia Amura y el Gran Maestro mexicano Gilberto Hernández, dos referentes que lo acompañaron en sus años de crecimiento deportivo.
El punto más alto de su carrera llegó en 2023, cuando logró clasificarse para la Copa del Mundo de Ajedrez, uno de los torneos más importantes del planeta. Allí compartió escenario con figuras legendarias como Magnus Carlsen, Hikaru Nakamura y Fabiano Caruana.
"Era una locura. Yo veía a Magnus Carlsen en las revistas cuando era chico y después tenerlo ahí en persona", expresó.
Durante ese mismo certamen también tuvo la oportunidad de fotografiarse junto al excampeón mundial Viswanathan Anand, otro de los ídolos que admiraba desde pequeño.
Europa, el aprendizaje y el título de Gran Maestro
Su carrera también lo llevó a competir durante varios meses en España y otros países europeos, donde pudo medir fuerzas con jugadores formados en algunas de las escuelas más fuertes del mundo. "Ahí pude ver dónde estaba parado", reconoció.
Aunque admitió que inicialmente observó una gran diferencia respecto a los niveles más altos de competencia, esa experiencia terminó impulsándolo a seguir creciendo hasta alcanzar los máximos reconocimientos deportivos. "Ya había cumplido mi sueño", afirmó.
Actualmente, cuando debe completar formularios migratorios o documentación oficial, responde con orgullo cuál es su profesión. "Cuando me preguntan en el aeropuerto qué hago, digo ajedrecista", comentó entre sonrisas.
Enseñar y transmitir
Más allá de la competencia, Acosta sostiene que hoy, a sus 26 años, una de sus principales motivaciones es compartir conocimientos con nuevas generaciones. Por ese motivo acepta con frecuencia invitaciones para realizar simultáneas, clínicas y actividades de difusión en distintas ciudades. "Creo que más allá de competir también hay que transmitir", aseguró.
Durante su visita al Club Centro El Progreso de san Lorenzo destacó el trabajo que viene realizando la escuela de ajedrez de la institución y valoró el compromiso de dirigentes y profesores con la formación de los chicos. "Siempre va a ser un orgullo transmitir ese conocimiento", señaló.
Incluso relató una experiencia que lo marcó especialmente: el reencuentro con un antiguo alumno que años atrás había comenzado a jugar bajo su guía y que hoy cursa estudios universitarios. "Él vino y me agradeció. Eso es algo que siempre me llevo", contó emocionado.
El ajedrez como escuela de vida
Consultado sobre los principales valores que aporta el ajedrez, Acosta sostuvo que la disciplina va mucho más allá de un juego.
Explicó que cada partida implica una permanente toma de decisiones y un intenso ejercicio mental que ayuda a desarrollar habilidades aplicables a la vida cotidiana. Pero por encima de todo destacó la importancia de los valores: "Siempre aprendemos más cuando nos va mal", reflexionó.
Para el Gran Maestro, aceptar las derrotas, respetar al rival y aprender de los errores son enseñanzas que trascienden el tablero. "Ser humilde, buena persona y tener respeto por el otro", resumió, son algunas de las lecciones más importantes que deja el ajedrez.
Y quizás sea precisamente esa combinación de esfuerzo, disciplina y humildad la que explica cómo aquel chico salteño que empujaba un carrito de helados junto a su abuelo terminó compartiendo torneos con los mejores jugadores del planeta.
