César Ríos

Los demonios del narcotráfico

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El caso del joven Rodrigo Gigena, que murió baleado en San Lorenzo, confirma lo que hace mucho tiempo decimos desde estas páginas: que llegó el día en que la inseguridad y el miedo comienza a apoderarse de la gente. 

Cuando las bandas narcos comenzaron a matarse entre sí en la ciudad de Rosario, advertimos que así comenzaba la historia y que tarde o temprano terminaría alcanzando a toda la sociedad. Algunos lo festejaban, como si se tratara de un equilibrio natural, en el cual la sociedad se desprendía de manzanas podridas. En realidad, esos acomodamientos violentos e impunes, significaban el enquistamiento del narcotráfico en todas sus formas, con la anuencia, complicidad o directa participación de funcionarios o de personajes vinculados al poder político, judicial o policial. Mientras se realizaban acuerdos, se asesinaban unos a otros a la vista de todos y por debajo se sentaban las bases para una realidad mucho más violenta. 

Con el correr del tiempo comenzaron a aparecer hechos aislados de inseguridad, hasta que la muerte llegó a personas que no tenían nada que ver con el narcotráfico. Eran las víctimas fatales de los robos. Después, en algunos barrios aparecieron las víctimas de balas perdidas, lanzadas al azar como si fuera una ruleta rusa, y que le tocara a cualquiera. Hace unos días atrás le tocó a un nene de ocho años que practicaba fútbol en un club de Rosario.

Pero todo era y es en la ciudad de Rosario, hasta que llegó a las localidades del cordón industrial. Ciudades que prometían tranquilidad, dentro de toda esa violencia. Pero se sabía que la única riqueza que se disfrutaría de un desborde no era económica por los “brotes verdes”, sino de violencia por el descontrol del narcotráfico. Y llegaron las muertes al cordón, algunas vinculadas a ajustes de cuentas, otras a robos violentos y ahora de balas lanzadas al azar, como le ocurrió a Rodrigo Gigena en San Lorenzo.

En los barrios se han estado instalando los famosos búnkeres de drogas, con toda la peligrosidad que eso significa. Muchos creen que es solo para la venta, y entonces comienzan a acostumbrarse a ese paisaje exótico de la casita donde venden y compran drogas. Y las autoridades miran para otro lado, por inacción o por complicidad, pero lo cierto es que el juego peligroso sigue sin que a nadie le importe demasiado. Cuando no hay reacción de parte de las autoridades para enfrentar estos problemas uno tiene que pensar que algún interés debe haber, de lo contrario una mínima resistencia deberían ofrecer para evitar que, más temprano que tarde, esta violencia de unos pocos le ganen a una mayoría que quiere otro estilo de vida.

Sin embargo, también está la responsabilidad de todos, que a fuerza de malos hábitos ciudadanos, abren la puerta a estos demonios de suma peligrosidad para la comunidad.

 

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