César Ríos

Voces del pasado

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“Conocido que para defender la causa de la independencia no se necesita otra cosa que un orgullo nacional (que lo poseen hasta los más estúpidos salvajes) pero que para defender la libertad se necesitan ciudadanos, no de café, sino de instrucción y elevación de alma, capaces de sentir el intrínseco (y no arbitrario) valor de los bienes que proporciona un gobierno representativo”.

Extracto de la carta de José de San Martín a Tomás Guido, fechada en Bruselas, el 6 de enero de 1827

 

 

En la cita de la carta, San Martín hace referencia a los “males” que se sufrieron luego de las luchas de la independencia, cuyas consecuencias las observaba en la falta de leyes y por las pasiones que la misma revolución había generado y agregaba también que los hombres que influyeron en la misma hubieran ayudado aún más con “un poco menos de ambición y moderación”. 

El pensamiento sanmartiniano fue, es y será un elemento iluminador para todos los ciudadanos, por que en él se refleja todo aquello que siempre deseamos para que nuestro país pueda salir de ese eterno caminar que nos caracteriza, un deambular entre desasosiegos y corrupciones, viendo cómo el país se degrada cada vez más, con dirigentes y ciudadanos indiferentes ante ese glorioso pasado que fue la construcción de una nación con bases sólidas. 

Fueron pocos los personajes como San Martín y Belgrano que demostraron una entereza sin igual, ante las conductas de los poderes centrales de Buenos Aires, caracterizadas (¡hasta el día de hoy!) por un egoísmo centralizado, una corrupción endémica y una cobardía sin igual para enfrentar los problemas que se agravan con el paso de los años. 

Nuestro problema no es económico, es moral, y en las conductas de esos próceres que muchos exaltan hipócritamente, encontramos todas las respuestas a nuestros males. Los renunciamientos de ellos no formaban parte de una proclama política, eran tan solo conductas simples y honestas, claras y precisas, que con el paso del tiempo se agigantan y toman formas inesperadas, cuando en realidad era lo que ellos pensaban que se debía hacer. Un deber, ejercido muchos antes de pensar siquiera en exigir derechos. Derechos que hoy se pretender exigir tan fácilmente porque muy pocos han luchados por ellos. Por eso el ciudadano de café es el que exige, grita, llama la atención, pero no  puede ejercer ni lo más mínimo de un deber, que es lo que se necesita.

La dirigencia habla mucho y escucha poco. Ni siquiera escucha esas voces del pasado que de vez en cuando, en los actos celebratorios, suelen flotar por el aire como viejas reminiscencias, esperando que alguien las practique para darle vida y establecer la vigencia de una ética que nos ayude a reconstruir lo que alguna vez soñamos.

 

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