César Ríos

Vergüenzas

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Estos últimos tiempos han sido de vergüenzas propias y ajenas. La más popular y escandalosa tuvo que ver con todo lo ocurrido con el partido de River y Boca, de cuya trascendencia hacia el exterior seguramente generó la vergüenza ajena de la cual se habló en los medios de otros países. Todos los gobiernos que han pasado no han querido terminar con el problema de los barra bravas (que a esta altura ya están conformados como verdaderas mafias), por la sencilla razón que los han usado para las tareas sucias, como simples gentes movilizadas y hasta trabajos de enfrentamientos como guardaespaldas y en no pocas ocasiones para asustar a alguien.

Tampoco vamos a reducir el problema a la actuación de los barras bravas, pues son los negocios los que siempre están detrás de la mayoría de los incidentes que tienen que ver con el fútbol. 

Ahora hay que sumarle algunas vergüenzas relacionadas con el G20, entre las más destacadas el intento de robo al diplomático canadiense que terminó con una lastimadura en su rodilla. El mismo ocurrió en la zona de Puerto madero y cerca de un puesto de seguridad. Luego, la llegada del presidente de Francia, Macron, junto a la primera dama y el resto de la comitiva, que fue recibido por un personal del aeropuerto porque no había nadie quien lo recibiera. Y encima se terminó de completar la vergüenza con la llegada de la vicepresidente Gabriela Michetti justo en el momento en que el presidente francés se subía al auto que lo llevaría al hotel: y en un gracioso y ridículo intento de hablar francés dejó más atónita a la pareja presidencial recién llegada a estas pampas.

Uno de los pensadores más antiguos que analizó el tema de la vergüenza fue Aristóteles, en su Ética a Nicómaco (también en Retórica trata el tema) advierte que la vergüenza es también un freno para las malas acciones. Desde el punto de vista psicoanalítico son otras las referencias, pero de todas maneras el concepto nos llevará irremediablemente a debatir sobre las cuestiones que tienen que ver con la conducta humana, que es justamente lo que nos preocupa en estos tiempos desvergonzados.

Tal vez la vergüenza sirva para frenar aristotélicamente aquellas conductas que tanto nos hacen daño como sociedad y podamos reivindicar esa vergüenza que supieron exhibir nuestros abuelos, pues demostraban una ética muy superior a la actual, en la que el hedonismo, el egoísmo y las actitudes maliciosas son moneda corriente.

Nuestros gobernantes deberían avergonzarse de ciertas actitudes y muy posiblemente encuentren el camino hacia muchas de las soluciones que necesitamos.

 

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