Nanci Noemí Alario

América latina  y el desafío de la paz social

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Por Nanci Noemí Alario (1)

Hace casi unos  meses que América Latina sufre, nuevamente,  de estallidos sociales impulsados por las medidas arbitrarias de la  super explotación  que genera el sistema de producción capitalista en su fase neoliberal.

América duele y sangra como alguna vez escribió  Eduardo Galeano en “las venas abiertas de América Latina” (1971) un ensayo de  escritura sencilla cuya narración nos lleva a las tramas de la explotación y del constante saqueo de recursos naturales que sufrió el continente latinoamericano a lo largo de su historia a manos de naciones colonialistas, del siglo XV al siglo XIX, e imperialistas, del siglo XX en adelante. El escritor uruguayo se y nos  pregunta: “¿Tenemos todo prohibido, salvo cruzarnos de brazos? La pobreza no está escrita en los astros; el subdesarrollo no es el fruto de un oscuro designio de Dios."

“Las venas abiertas de América Latina”, el clásico ensayo de Eduardo Galeano.

 

Tal vez, Chile, Ecuador, Venezuela,  Colombia, Bolivia estén expresando, en estos momentos mediante   focos de conflicto y estallido social,   esa dolorosa trama de inequidades sostenidas por las lógicas de acumulación en pocas manos. Cuando un pueblo sale a la calle en contra de las medidas que ahogan la vida cotidiana creo que es el tiempo para la reflexión profunda: ¿es necesario en  países  productores de economías primarias y  alimentos  que la gente no pueda acceder a lo mínimo indispensable?  ¿Es un acto  humano revolver  la basura en  busca de  comida?   Ni siquiera me pregunto si es ético porque estaríamos ya en un nivel de reflexión que este tiempo mediatizado por la urgencia de resolver  necesidades básicas no nos lo permite como ejercicio de racionalidad. 

El humanista y sociólogo noruego Johan Galtung se ha destacado en investigación  y producción de propuestas para la  resolución de conflictos de diversas índoles por el camino de los procesos de pacificación,  propone un modelo teórico para explicar la violencia. En este modelo expresa que  existe una violencia visible y otra invisible. 

Imaginemos una pirámide, o la punta del un iceberg que es la parte visible, bien, esa sería la violencia directa, la visible, la que expresan los hechos que se están viviendo por estos días. La que se sufre cuerpo a cuerpo dejando huellas indelebles en la subjetividad de quienes la padecen. 

La violencia visible es directa; es el modo en el que se visibiliza  en los casos mencionados. Sería la punta del iceberg como decíamos antes. Es un tipo de violencia que llega a naturalizarse porque no se desmantela la base de la pirámide o porque sólo queremos seguir siendo observadores de  la punta del iceberg: “son pobres y vagos porque quieren serlo”; “total se matan entre ellos” así una larga lista de dichos instalados en nuestra sociedad.

Protestas en Chile, en América Latina resurgen los cuestionamientos al sistema.  Foto: Alberto Valdés (EFE).

 

La violencia visible y naturalizada necesita ser puesta en discusión y analizada en todo ámbito de producción de relaciones sociales;   culturales;  de conocimiento, de  relaciones de poder y gobierno  porque será lo que nos permitirá ir hacia el encuentro de motivos comunes que nos posibiliten generar el consenso para caminar hacia una sociedad más justa   y digna. 

La violencia invisible es cultural y estructural.  La violencia estructural  de acuerdo a La Parra y Tortosa (2003) se caracteriza porque: 

“a) se refiere al daño potencialmente evitable, en el que a pesar de que no existe un actor identificable que provoca la violencia, esta es explicable a partir de estructuras sociales que producen distribuciones inequitativas del poder y los recursos;

 b) el daño al que se hace referencia se produce en las personas y, más concretamente, en la satisfacción de sus necesidades humanas  básicas, sobre todo, fundamentalmente daños en término del derecho a la vida, a la salud, a la educación, el bienestar, pero también en términos de privación de libertad, de aculturación a otros; 

c) está inmersa y cristalizada en las estructuras sociales. Dichas estructuras sociales no son observables directamente, sino que se hacen visibles, explicables y comprensibles solo a partir de estudios e investigaciones que permiten identificarlas. (2016-13,14) (2)

¿Cómo desarmar una cultura de violencia legitimada por los procesos de la explotación capitalista del ambiente y la humanidad que arroja sus desechos sobre nosotros?  

Como sociedad democrática tenemos que ir, mediante el debate de ideas y acciones, hacia el desocultamiento,  al decir de Paulo Freire (1967), de eso que naturalizamos y llamamos  “realidad”. Realidad o hechos de la misma que son forzados desde abajo y   emergen hacia   la punta de la pirámide. Preguntarnos muchas veces y a modo de ejemplos: ¿Qué hay detrás de un golpe civil contra un gobierno democrático? ¿Qué hay detrás de la narcodelincuencia?  ¿Por qué un niño de trece años porta un arma?

 El concepto de  Violencia cultural  entendida como el sistema de referentes imaginarios, ideologías, simbologías, aspectos de la cultura que legitiman tanto la violencia directa como la estructural nos podría ayudar a comprender que las situaciones  no sólo son así “porque son así” hay factores estructurales que sostienen poderes enquistados y viciados. Cuando una sociedad llega a ese punto de comprensión del estado de su opresión reacciona en contra de esos “poderes” que empujan desde abajo desde lo oculto. 

Johan Galtung: Uno de los fundadores y protagonistas de la investigación sobre la paz y los conflictos sociales.

 

El pensamiento  de Johan Galtung, quien recibiera en 1987 el premio Nobel Alternativo  y  en 1993 el Premio Gandhi por su inmensa labor  a favor de la paz en el mundo,  nos inspira a pensar en las posibilidades del contexto que nos pertenece. Desde aquí y con el aporte del Documento Alianza por la Paz (2016) tomamos como ejemplos de  violencia cultural, aquellas posturas religiosas o políticas que justifican atentados y masacres contra la población civil, que legitiman la guerra como medio para la superación de la pobreza y la injusticia, que justifican la violencia basada en género, o   que atacan los movimientos  sociales que pacíficamente luchan por la democratización. Pero también es violencia cultural la ceguera e incapacidad de sectores de élite en las sociedades para promover transformaciones que conduzcan a una progresiva equidad y justicia.   

La paz no significa ausencia o negación del conflicto. La paz social es un camino a transitar en búsqueda de mayores niveles de igualdad en derechos y equidad en la distribución de la riqueza.

 Como expresa Luis Tapia Doctor en Ciencia Política desde  La Paz, Bolivia, (2012) “Producir conocimiento no sólo consiste en reconstruir analíticamente los procesos sociales y explicar las dinámicas estructurales que condicionan las acciones individuales y colectivas, sino también en reconocer y explicitar las potencialidades de los sujetos, es decir, hablar de su libertad, y a partir de ésta y de la libertad de los investigadores proyectar alternativas de organización de la vida social. En este sentido, el conocimiento es explicación, comprensión y proyecto.” 

He aquí uno de los mayores desafíos de los sistemas políticos y de la educación.

 

 

 

(1) Profesora de Educación Primaria. Prof. y  Licenciada en Ciencias de la Educación U.N.R. Prof. Especializada en Formación Docente.  

(2) Documento Alianza Educación para la construcción de culturas de Paz. Bogotá, Colombia. (2016) 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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