César Ríos

Conductas al límite

Siempre se dijo que el verdadero carácter de una persona se conoce realmente cuando se halla en una situación límite. En verdad, en situaciones de vida o muerte o ante un acontecimiento trágico, de peligro, donde una persona tiene que decidir sobre sí y sobre otros, allí surge una personalidad que puede ser egoísta o solidaria. Un “sálvese quien pueda” o un “todos juntos saldremos adelante” son dos alternativas extremas a ese tipo de circunstancias. 

En las conductas sociales ocurre algo similar y en estos días nos encontramos frente a una experiencia real que nos pone a prueba como sociedad. El coronavirus ha llegado al mundo con un trato igualitario, como suele hacer la naturaleza cuando se sacude con alguna catástrofe o cuando desata una peste como la que estamos atravesando. Penetra del mismo modo a través de todas las clases sociales, no reconoce ranchos, casas, country, solo salta invisiblemente de una persona a otra, o a través de algunos objetos, esperando a ser tocado para subirse al individuo. 

Los representantes institucionales de todo el país más las entidades médicas, científicos y expertos en este tipo de enfermedades se han puesto de acuerdo para decidir cómo combatirlo y han instalado una cuarentena obligatoria. Y aquí surgen reacciones diferentes: los que acatan e intentan por todos los medios colaborar, porque entienden que es la forma que se eligió colectivamente para pelear contra esta pandemia; y los que se rebelan sin razón, sin argumentos, porque podría haber alguien que plantee otra visión, con justificación, haciendo saber que aunque todos estén de acuerdo pueden equivocarse. Pero no es este el caso que está ocurriendo, los que se rebelan lo hacen por esa maldita costumbre argentina de no respetar la ley. Y en esta actitud desaprensiva los hay de los pobres y de los ricos. Porque, ciertamente, ante casos límites aparecen las verdaderas conductas, o por lo menos visibilizamos mejor a los que siempre andan por la vida haciendo cosas sin importarle nada de los demás. 

En la creencia que ellos hacen lo que quieren, en el no me importa nada, enmarcado en un descreimiento acerca de casi todo lo que exista fuera de ellos, de su ego hinchado de ignorancia, esquivan, mienten, truchan, intentar avanzar sin importarles si contagian a alguien, siempre caminando por los lugares que acortan los caminos y riendo con esa viveza criolla de desprecio hacia los demás, para hacer quedar como tontos a aquellos que se someten a la ley y a las normas de convivencia. Son los que viven infringiendo las normas, pero no como el delincuente que lo tiene como oficio, sino con la hipócrita actitud de creer que él cumple y que los que no cumplen son los otros, que deberían rendir cuentas ante la ley, porque lo de ellos no es delito, es solo grandeza de personalidad, tal vez un exceso. Ellos de ninguna manera pueden someterse a las normas de convivencia, por eso ponen música fuerte en lugares públicos o violan una cuarentena. 

El Estado estuvo ausente durante mucho tiempo para hacer cumplir las normas básicas de convivencia, por eso hoy no debería sorprendernos que muchos no acaten la cuarentena y que se resistan ante las autoridades de un modo insolente. 

Es de esperar que cuando todo esto pase se puedan acordar cuestiones básicas para que una sociedad pueda funcionar con armonía y que aquellos que cumplen no se sientan tan estúpidos como hasta ahora.

 

Redes y newsletter

© 2018 Diario Síntesis. Todos los derechos reservados.Desarrollo: Pencillus

Buscar