César Ríos

Los franciscanos y las dudas

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Quizás los superiores de la orden franciscana no midieron las consecuencias cuando tomaron la decisión de erradicar a todos los frailes que habitan el Convento San Carlos de San Lorenzo. 

Y quizás, sabiendo que el tema se hablaba desde hacía tiempo, tras esos muros de sordos ruidos, y que no se percibió ninguna reacción de parte de los fieles, creyeron que tenían vía libre para tomar tamaña decisión ¿Acaso se olvidaron de la historia propia, esa gestada a fuerza de sacrificio y que llevó a toda una ciudad a tener en cuenta el día de arribo a estas tierras como fecha fundacional?

La histórica San Lorenzo, aquel caserío que fue acogido por un convento de franciscanos y que el destino eligiera para que sea “cuna de la libertad hispanoamericana” se llenaría de industrias y crecería de tal modo, que el Campo de la Gloria y el convento formarían un oasis de paz y de peregrinación de argentinos para conocer su historia.

Las razones son varias: los frailes están viejitos, no hay vocación sacerdotal y otras un poco confusas, como silencios desconcertantes, que terminan abonando la sospecha de que detrás de todo esto se esconde un negocio. Que se niega, no de forma contundente, sino tibia. Lo que acrecienta aún más las sospechas. Peor todavía, si realmente hay alguna intención de convertir el convento y el seminario en un complejo hotelero, ¿por qué no decirlo? Si muchos conventos en el mundo fueron convertidos en alojamientos ¿Entonces? ¿O será que el negocio se está preparando para alguien que todavía no aparece en escena? ¿O les dará vergüenza hacerlo en un lugar tan simbólico de nuestras libertades y de la ética de nuestros próceres? Seguramente esto no les importa, pero tal vez tienen cuidado en no provocar una afrenta a los argentinos (y a los sanlorencinos en especial) y la estrategia es esperar que el convento quede abandonado, poblado de alimañas y de fantasmas del pasado para aparecer con la gran solución: antes que abandonado conviene hacer… y sí, si es pensable es posible.

¿Aparecerán también, en esta confabulación de los idiotas, aquellos mediáticos a “informar” que un fantasma habita el convento, para que sus clic sean virales y ayudar al negocio en ciernes? ¿Avanzará sobre el viejo convento la chusma de los negocios fáciles a detentar su pedazo de botín? ¿Quedará realmente solo el viejo convento, abandonado a merced de la hipocresía y el silencio cómplice?

Las dudas crecen, pero también crecen las almas dispuestas a defender lo poco que nos queda de dignidad. Y cuando las almas reclaman con justicia no hay nada que pueda detenerlas, ni siquiera esas complejas mezquindades de los que se creen que el poder habita solo en el dinero.

 

 

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