César Ríos

Rebeliones

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La situación desatada en Chile y en Bolivia han surgido como una sorpresa para muchos, pero no deja de ser una postal repetida en la historia.   

Estas revueltas populares recuerdan a otras en el pasado, y en el caso de Chile con la no poca importancia de llevarse a cabo sin liderazgos aparente, sin banderías políticas, tal vez con una simiente ideológica que puede identificarse allá a lo lejos, y de la cual no podría asumir la representación de tamaña rebelión.

Es inquietante, que por momentos recuerda a revoluciones anárquicas del pasado, cuando el pueblo se rebela de tal forma que termina destruyendo todo a su paso. Arremete contra la autoridad desde la visión y el sufrimiento del marginal, del desposeído, de quienes han quedado al margen del sistema y que por ello son condenados, ridiculizados, abandonados de toda ayuda. Y esa rebelión es violenta, irracional, inentendible para quienes reposan en el regazo social de los que disfrutan de aquello que creen los dignifica como seres sociales. Queman, rompen a su paso lo que encuentran, lo que represente ese estatus social al cual ellos no tienen acceso: eso es violencia, eso es condenable y decimos no entenderlo. Sin embargo, es la respuesta esperada, porque ya ha sido dicho hace tiempo por muchos pensadores. Basta con recordar las palabras de José Ortega y Gassett en su libro “La rebelión de las masas”, para comenzar a comprender: “En los motines que la escasez provocan suelen las masas populares buscar pan, y el medio que emplean suele ser destruir las panaderías. Esto puede servir como símbolo del comportamiento que en vastas y sutiles proporciones usan las masas actuales frente a la civilización que las nutre”.

La actuación política ha cansado con sus idas y vueltas, con su incapacidad para enfrentar los verdaderos problemas, que ella misma genera, acompañada con las ambigüedades de sus dirigentes y por su insaciable y voraz apetito por las riquezas. Las democracias han sido tan solo una fachada, aunque sea el único sistema que desarrollamos como parámetro de equidad, y no han logrado solucionar los problemas de fondo, es más, en alguna medida los han agravado.

América Latina ha sido el foco y centro de saqueos permanentes, desde que el europeo llegó a estas tierras hasta la época de la colonia se ha derramado sangre en nombre de una “civilización”, cuya única pretensión ha sido el valor económico por sobre la vida y el bienestar de las personas. 

Este es el momento en que cobra vigencia un libro tan lúcido como “Las venas abiertas de América Latina”, de Eduardo Galeano, para entender las respuestas a las miserias en que han caído millones de personas. En realidad, que han recaído.

En el inicio del libro de Galeano hay una frase de una proclama revolucionaria de la Junta Tuitiva en la ciudad de La Paz, del 16 de julio de 1809, que dice: “Hemos guardado un silencio parecido a la estupidez…”

¡Qué casualidad, en la ciudad donde esto ha sido dicho en el pasado, hoy retumba nuevamente el discurso de la violencia, de la segregación, del odio!

Este reconocimiento ya es histórico, de los marginados del poder, de los explotados, a los que luego de dejarlos al margen de la nada, se los acusa de violentos e irreverentes cuando asoman en las calles ordenadas de las grandes ciudades. Se los ha silenciado en el pasado y luego, cuando gritan de angustia, cuando exigen igualdad, cuando han sido abandonados en la fraternidad y se sienten libres, se los vuelve a callar con la excusa de imponer un orden que solo conviene a los que detentan el poder. Ese mismo poder que siempre los ha abandonado.

Más allá de partidismos ideológicos, es necesario pensar nuevas formas de gobernar, en el que el respeto a la vida, al medio ambiente, al desarrollo de los individuos como seres sociales, y no como una carrera por la supervivencia del más vivo y cruel, sean los objetivos principales para poder vivir en paz.

 

 

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