César Ríos

Emergencias

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Vivimos en un país de “emergencias”. El término alude a una “situación de peligro o desastre” o las acciones para salir de una “situación de apuro o peligro”. Y en realidad siempre vivimos en un estado de emergencia, ya sea porque nuestra economía es tan insustancial que nos impide crecer y estabilizarnos, o por sufrir constantemente situaciones de las cuales nos cuesta salir porque las infraestructuras están colapsadas.

Se inauguró un tramo de infraestructura ferroviaria de cargas que ayudará a sacar las riquezas del país de un modo más rápido, más competitivo y menos conflictivo para las grandes exportadoras, pero no se inaugura ninguna obra vial para la comodidad de los habitantes de la región que, por supuesto, seguiremos viviendo en ese estado de emergencia primigenio.

Esta semana se trató en diputados la emergencia alimentaria, mientras en pleno centro de Buenos Aires miles de personas se movilizaban y acampaban en pedido de la ejecución de la totalidad de los planes, ya que de acuerdo a la información que comenzó a trascender los planes estaban sub-ejecutados desde el gobierno nacional, es decir no se utilizaban la totalidad de los fondos destinados a esta situación.

Y casi siempre, durante todo el año, las emergencias surgen en medio de un colapso estructural, que viene desatándose desde hace décadas y con la responsabilidad de todos los gobiernos nacionales y provinciales, específicamente en los sistemas de salud y  de educación, que no dan abasto para atender las necesidades sanitarias de la población y del alumnado en general. 

Las emergencias surgen en medio de una pobreza material, intelectual y moral que apabulla, asusta, y hace temer por la posibilidad de arribar a soluciones en poco tiempo.

Se ha desarrollado una mentalidad de emergencias, de capacidades inusuales para atender problemas que nosotros mismos generamos. Porque no son las emergencias a las que nos pone a prueba la naturaleza con alguna catástrofe, son esas emergencias creadas por el egoísmo y la inacción, por la crudeza de la corrupción que se esparce como si fuera una enfermedad contagiosa. 

En fin, estas emergencias se han adueñado del espacio público y nos confunde haciéndonos creer que es natural, cuando en realidad es una gran mentira que muchos sostienen para evadir responsabilidades.

 

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