César Ríos

La República en peligro

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Hay una costumbre que se ha extendido en los exponentes más destacados del gobierno nacional y que es sostener que está en peligro la República, en relación a las elecciones para presidente. Algunos artistas, humoristas, referentes de la cultura, dirigentes políticos del espacio de Cambiemos, han dicho y siguen diciendo que la República está en peligro, tan solo por el hecho de que la oposición obtuvo una gran cantidad de votos en las elecciones Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO). 

Independiente de las razones que tengan unos y otros para sostener un proyecto político, creo que no solo es osado, sino también peligroso detentar la autoridad para erigirse como único defensor de la República, una palabra que proviene de los griegos antiguos, que ha sido filosofada por innumerables pensadores, que se ha constituido en un símbolo de una nación que aspira a ser libre, democrática y económicamente sustentable. 

Y más aún, aquellos que levantan la voz diciendo que la República está en peligro, son los mismos que apoyan un “proyecto”, o un gobierno que recurrió al Fondo Monetario Internacional e instaló una deuda monumental que costará décadas en pagarla. 

Sin ánimo de defender a un sector y atacar a otro, es necesario destacar esta conducta contradictoria cuyo único objetivo parece ser demonizar para lograr una consecuencia electoral diferente en las elecciones del 27 de octubre. Son declaraciones del mismo tenor que las pronunciadas por referentes del espacio kirchnerista, que se han manifestado con opiniones desacertadas y fuera de lugar, también siempre con un objetivo político preciso.

Pero ésta en particular parece haber ido más lejos, porque nadie se puede adjudicar la pretensión de ser el único representante, defensor o adalid de una República que ha sido lastimada por todos a lo largo de muchos años. Y no solamente de los que componen el mundo de la política, porque los ciudadanos también deben respetar las leyes y costumbres y someterse no solo a disfrutar de  los derechos, sino también a gozar de las responsabilidades, que no deben ser tomadas como una carga o imposición externa fuera de nuestra propia voluntad.

Pretender ser el portador de la verdad es encender la mecha de la tiranía, es el principio del autoritarismo, es ser sembrador del odio, porque las respuestas del otro lado serán de la misma intensidad, un reflejo casi condicionado. Y jugar con estas palabras es jugar con fuego. Y en ese germen se encuentra el verdadero peligro de perder los valores republicanos.

 

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