César Ríos

Homicidios

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Homicidios por allá, homicidios por acá, la cuestión es que la inseguridad sigue enseñoreándose por doquier en la provincia de Santa Fe, luego de los anuncios grandilocuentes del gobierno provincial del gobernador Miguel Lifschitz de que los índices de inseguridad habían bajado y que las guerras narcos estaban terminadas. 

El año pasado hasta la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, los ayudó diciendo que la situación estaba controlada. Pero apenas comenzó el 2018 se desató una encarnizada y sangrienta guerra narco que enlutó la ciudad de Rosario con 22 homicidios relacionados con las bandas de narcotraficantes, más otros tantos que todavía no pueden catalogarlo como tal, pero que siguen siendo homicidios. Y hay que agregarle los homicidios por inseguridad, como el último ocurrido en Rosario esta semana al robar una moto y asesinar a una persona de 45 años. Y el ocurrido este jueves en San Lorenzo, en que una anciana perdió la vida en manos de un asesino, tan solo para robarle una garrafa.

A estas desgracias hay que sumarle la gran cantidad de robos de todo tipo que se llevan a cabo a diario en las grandes ciudades, que se encuentran a merced de la impunidad de los delincuentes. 

El fracaso de las políticas de seguridad nacen en el mismo momento en que fracasa la política para dar respuestas a los diversos problemas que sufren las sociedades modernas. Y por otro lado, se agudizan porque los ejemplos no cunden de parte de los funcionarios, muchos de los cuales se enriquecen o se han enriquecido con la función pública, dejando de lado la concentración para buscar soluciones a los problemas. De este modo, con el correr de los años, se han enquistado las mafias violentas, que de alguna manera se corresponden con estructuras similares de guantes blancos, que ofician de sustento económico, desde las estrategias de lavados de dinero.

Los hechos humanos se relacionan de un modo muy complejo; lo que asoma a la superficie, la violencia, las muertes, los robos, el desorden, forman la punta del iceberg. Debajo, se esconde el entramado social, oculto bajo la fina capa de la hipocresía, que todo lo confunde y que ahora se intenta justificar como la pos-verdad, un término ligero, que solamente designa viejos conceptos de una moral perdida.

 

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