César Ríos

    De Malvinas a Catar

     

    Fue un largo y tortuoso camino para que la selección nacional de fútbol lograra coronar sus últimos triunfos con el Campeonato Mundial llevado a cabo en Catar. Hasta deberán sufrir los embates de integrantes de otros equipos, que minimizaron su accionamiento, menospreciaron a jugadores como Lionel Messi, en un acto de maldita ignorancia o de perversa competencia. Incluso, todavía flotaban en el aire los fantasmas de las mismas críticas que sus propios connacionales habían realizado a lo largo de ese periplo.

    Pero esta selección no solamente nos dejó una estrella más en el haber futbolístico, sino que además nos dejó un mensaje, casi una enseñanza, que deberíamos descifrar para bien de nuestro futuro. Ese mensaje estuvo excelentemente acompañado por el pueblo argentino que se volcó a las calles con total alegría y autoorganización inconsciente. Una movilización histórica a las puertas de la Navidad y del Año Nuevo, dos fechas que desde hace cientos de años son siempre posibilidades de bisagras, espacios de tiempo que han servido para potenciar las posibilidades de cambio de las sociedades y de los individuos.

    Nuestro país tiene una tendencia nefasta a ponderar todas las cosas como si se tratara de un partido de fútbol, ​​de una final mundialista. La política se la mide de esa manera, por eso en la actualidad (y antes también) existen dos sectores bien definidos que gran parte de la población apoya y, a partir de allí, se juega el partido.

    Quisimos ver la Guerra de Malvinas de esa manera y asi nos fue. Y así les fue a los que combatieron. Perdieron el partido, los escondieron, la mayoría perdió el interés de las tropas que no trajeron un triunfo. Y los pobres veteranos comenzaron a deambular durante décadas hasta que puedan lograr reconocimientos merecidos, tras una lucha en soledad y conciencias de su lugar en la historia.

    El espíritu triunfalista es de quien no está jugando, de aquel que mira cómodamente desde su casa lo que hacen los otros, y la crítica implacable se desata cuando no están a la vista los resultados deseados.

    La selección fue víctima de esa trampa del bobo triunfalismo (¡Qué mejor aplicable la frase de Messi!), de los que miran sin pensar, alienados de una fotografía del instante, sin poder darse cuenta aunque sea de un futuro inmediato. Y fue así que los jugadores y el equipo técnico trabajaron duro, soñaron, desearon fervientemente, se disciplinaron a un método, a un técnico transparente, y pueden lograr lo que al principio parecía imposible.

    En realidad, no es nada más que fútbol, ​​un juego, pero cuya simbología lo trasciende y brinda muchas cosas más que nos   son útiles en nuestras vidas.

    Las consecuencias de ese triunfo son positivas. El pueblo parecía inmovilizado, anestesiado por tantas adversidades, pero esto rompió que la movilización siempre está presente. Solo basta un noble motivo para que ello esté a la orden del día. Y que las respuestas son positivas ante hechos positivos.

     

     

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