César Ríos

    Manuel Belgrano: El símbolo

    A las siete de la mañana del 20 de junio de 1820, expiró hidrópico el general Manuel Belgrano, a la edad de 50 años y diez y siete días. En ese mismo día, Buenos Aires, presa de la anarquía, contaba tres gobernadores a un mismo tiempo…” (1)

     

    De esta manera Bartolomé Mitre describe el día en que Manuel Belgrano murió, para ingresar, durante muchos años, en un olvido ignominioso. Tuvo que correr mucha sangre en las guerras civiles para que comenzar a constituirse lo que Belgrano soñó y proyectó con su conducta: una nación unida y decidida a educar.

    El orden y la educación fueron en Belgrano elementos fundamentales para la independencia y el establecimiento de una sociedad en crecimiento. La educación ilumina las mentes, saca de la ignorancia y ayuda a solucionar los problemas. Y el orden es indispensable para lo anterior, pero no el orden impuesto a la fuerza, sino aquel respeto de las leyes y las tradiciones que configuran una cultura, una forma de ser que ayuda a entender y, de ese modo, a cumplir con todo eso que ordena para poder crecer. Sabia distinción de una persona que desde la intelectualidad tuvo que hacerse cargo de ejércitos para poder lograr la libertad. Y allí, en el campo de batalla, supo de triunfos y derrotas. Quizás más derrotas que triunfos, pues como dice Sarmiento: “El general Belgrano es una figura histórica que no seduce por sus apariencias, ni brilló por el genio de la guerra, como San Martín, ni dejó rastros imperecederos en instituciones fundamentales como Rivadavia”. 

    “Belgrano aparece en la escena política sin ostentación, desaparece de ella sin que nadie lo eche de menos, y muere olvidado, oscurecido y miserable (2) , afirmó el sanjuanino.

    Diferente a otros grandes hombres del pasado Belgrano no escribió casi nada, en referencia a grandes obras o tratados, solo le bastó una conducta ejemplar para que la posteridad lo rescatase del olvido y quedara para siempre en el bronce de la historia.

    En épocas difíciles, de revoluciones y confusiones, supo consolidarse al margen de cualquier egoísmo y sacrificó su vida por un porvenir mejor para todos. Lo describe muy bien Sarmiento al decir: “ La vida de Belgrano, por otra parte, exhala sobre el conjunto de los hechos cierto perfume de moralidad y de virtud que hace menos ingrata la tarea del narrador, condenado a traer a la vista de la posteridad las mil flaquezas que nublaron el brillo y la santidad de la revolución de la Independencia… Los extravíos y los vicios de los hombres notables corrompen la conciencia pública, y la prepara a tolerar nuevos extravíos y mayores vicios, autorizándose el mal que se intenta, en hechos análogos y en circunstancias iguales ”. (3)

    Qué gran verdad dice Sarmiento y tan vigente como nunca en nuestra actual vergüenza nacional, de viles corrupciones y de narcoacciones generalizadas, donde todo parece estar manchado con la sangre de los inocentes. Presente ciegamente hedonista que no sabe de sacrificios, tan solo deseos oscuros y desbordados que, cada vez más, como dice Sarmiento, aumenta la tolerancia de los impunes.

    Manuel Belgrano insistió en que los símbolos juegan un papel fundamental para las luchas justas y él mismo terminó siendo un símbolo de honesta manifestación política, por eso nos legó la bandera, para que a través del tiempo no olvidemos cómo empezó todo.

     

     

    (1 ) Mitra, Bartolomé. “Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina”. Buenos Aires: Ediciones Anaconda, 1950, p639.

    (2) Sarmiento, Domingo Faustino “Corolario de la 1 Edición” a Bartolomé Mitre “Historia de Belgrano y de la independencia argentina”. Buenos Aires: Ediciones Anaconda, 1950, p10.

    (3) Ibidem hormiga. P11.

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