César Ríos

Ciencia, vacuna, aplausos y diatribas

A principios del siglo XX los científicos comenzaron a afirmar sus conocimientos y separarlos de la filosofía, específicamente de la metafísica. El famoso Círculo de Viena reunió a las mentes más brillantes del mundo científico de ese momento e hizo público un manifiesto en el cual establecía la postura del pensamiento científico frente al conocimiento en general que, a partir de ese momento, consolidaría las bases de la ciencia moderna. Para la ciencia ya no habría lugar para suposiciones, conocimientos trascendentales o cualquier pensamiento que se alejara de las comprobaciones a las que estarían sujetas las premisas.

Gracias a estos eventos la tecnología comenzó a ganar espacio en la sociedad. Los descubrimientos de antaño, siempre vinculados a personas individuales, dieron paso a trabajos en conjunto que llevaron a los desarrollos tecnológicos de los cuales gozamos hoy en día.

En el campo de la medicina y en los últimos tiempos los relacionados a la biotecnología y a la farmacología los avances fueron tan enormes que la esperanza de vida de las personas se alargó notablemente. Muchas enfermedades, antes incurables, ahora no lo son y las terapias forman parte de tratamientos desarrollados gracias a la investigación científica.

Cuando la actual pandemia hizo su aparición muchos científicos ya se hallaban estudiando los coronavirus, por lo que el desarrollo de las vacunas que en la actualidad se colocan tenían un recorrido realizado, solo faltaba identificar este virus en particular y sus variantes, para que en poco tiempo se aceptara la vacuna. Y fue lo que ocurrió.

Así como la tecnología nos muestra su utilidad y nos abre la mente ante un universo tan vasto como nuestra propia mente, ese mismo avance utilizado por todos los seres humanos, lo que no garantiza su buen uso, pues la estupidez humana se traslada al uso de ese bienestar y termina gozando de los inventos generados por un reducido grupo de individuos que se dedican a estudiar, a investigar y a desarrollar ciencia y tecnología.

Utilizamos todo aquello que proviene de esa ciencia, lo disfrutamos, confiamos en ello y, sin embargo, a la hora de confiar en algo más, como las vacunas, nos desayunamos que un gran grupo de la humanidad desconfía, se rebela contra esa ciencia, y hasta tiene el atrevimiento de cuestionar conocimientos tan simples como que la Tierra no es plana. Y ahora les han sumado el cuestionamiento a las vacunas, como si una confabulación internacional de hombres de ciencia (quizás junto a gobiernos mundiales y asociaciones secretas) nos quisieran inocular veneno, chips o sustancias especiales para controlarnos. Entonces, mucha gente decide desde la nada misma, desde un pensamiento mágico o tal vez desde la profundidad y el misterio de la imbecilidad, que no es bueno vacunarse, que aceptar esta vacuna es como aceptar una condena o entregar la libertad.

Y como si todo esto fuera poco, en nuestro país, cuyos ciudadanos comenzaron aplaudiendo a las médicos por su abnegado trabajo en favor de la salud pública, ahora los termina insultando y agrediendo físicamente porque no cumplen con los tiempos de testeos. Tiempos que tienen que ver con irse rápido de vacaciones, o para asistir a las reuniones familiares de las fiestas de Navidad y Año Nuevo.

Ese imperativo social, sumido en la más sorprendente hipocresía, se expande como un virus. Y aunque no son todos (siempre es una minoría), representa una realidad de nuestros tiempos. Una realidad virtual y acotada a las más absurdas de las conductas que seguramente será reconocida en el futuro como una de las épocas más contradictorias y oscuras de nuestra historia.

 

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