César Ríos

    Bailando sobre las tumbas y la alegría de la inseguridad

    Llega fin de año y con el año nuevo un nuevo ciclo se abre y otro se cierra. Sin embargo, como una eterna repetición los problemas son los mismos, quizás porque los seres humanos son reacios a cambiar sus conductas. La ambición y la ignorancia son una combinación peligrosa para la convivencia y generalmente son siempre los mismos los que alardean de esta fórmula egoísta. Con el fin de año se vive un clima de algarabía, desborde y desorden, que es típico de casi todas las culturas desde el pasado hasta el presente. Son épocas de renovación. Antiguamente, en las sociedades primitivas, este cambio estaba relacionado con las cosechas y con ritos religiosos, que hacían de este pasaje del pasado inmediato al futuro inminente un hecho de características únicas, pero repetible en su intrínseca conformación simbólica.

    Hoy, en las sociedades modernas, este cambio se exterioriza en el fervor alegre y festivo que nos transporta de un año viejo a un nuevo año. Las familias y amigos se reúnen y festejan en sus casas. Luego este festejo se traslada a lugares públicos, muchos asisten a eventos masivos al aire libre para recibir al nuevo año y despedir el viejo. Y otros, en su mayoría la juventud, sigue los festejos en los boliches.

    Nuestra región se ha caracterizado en los últimos años por tener una zona de conflicto respecto a este tema, que no han querido o no han podido solucionar los dirigentes políticos.

    En Capitán Bermúdez se erigen boliches con una problemática compleja, que ha incluido hasta incendios intencionales a modo de atacar a la competencia.

    En las islas frente a Granadero Baigorria se levanta, por un lado, el famoso Puerto Pirata, con sus peculiares características de boliche de islas y río, con la complejidad que eso significa para los controles. En la misma isla, pero de la costa del brazo opuesto al canal del río, se llevan a cabo fiestas electrónicas, con el consabido empastillado con agua mineral. Todo bajo la falta de control de cualquier autoridad y, ¡oh, casualidad!, con el visto bueno organizativo de algunos personajes vinculados al poder político.

    Como ocurre en la ciudad de San Lorenzo, donde hace pocos días se inauguraron dos boliches, con todas las sospechas encima que deberían tener (que las tienen), por sus vinculaciones con el poder.

    ¿Quién controla estos boliches, muchas veces verdaderos engendros faltos de seguridad? ¿De dónde sale el dinero para tremendas inversiones? Se habla de lavado, de inversiones de “los monos”, de los chimpancés y de cuanto pobre animal que nada tiene que ver con estos seres humanos.

    Uno de estos boliches está ubicado a pocos metros de los cementerios. Si los hombres del pasado despedían el año viejo y recibían el nuevo en un rito de trascendencia ontológica de respeto e identificación con la regeneración del tiempo, hoy lo hacen bailando prácticamente sobre las tumbas de los seres queridos.

    Y el otro, más allá, casi en el límite con Ricardone, aunque decididos a aislarse en medio del campo, generan un caos sobre el camino que une ambas jurisdicciones. Y al terminar el camino y llegar a barrio San Eduardo, se colocaron sobre el asfalto dos inmensos bloques de concreto para que no circule el tránsito pesado, por el que apenas pueden pasar lentamente los vehículos livianos. Y la pregunta es: ¿Ante una posible emergencia como harán para pasar con rapidez los bomberos o ambulancias?

    Y hablando de emergencias, ¿las habilitaciones existen, están en orden? ¿Y la seguridad para evitar accidentes catastróficos? ¿Y la seguridad ante la violencia? Ni hablar de control de venta de drogas y afines. Y ni pensar en los contagios de covid, pues sería una sutileza.

    También se suman a esta realidad festiva las fiestas clandestinas. Ya se están armando viajes desde Rosario (como el año pasado) hacia un campo de Ricardone para este 31 de diciembre: salen colectivos truchos, a lugares truchos, a fiestas truchas, como si no fuera poco los problemas que se pueden generar con los boliches “legales”.

    Mientras los festejos se llevan adelante sin ningún problema todo parece estar bien. Cuando las “fallas” que se detectan hoy por algunas pocas voces se conviertan en problemas reales, los “cromagnones” serán un dolor social al que todos verán mal, pero al que pocos les interesó prevenir.

     

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