Martes, 25 Julio 2017 00:00

Acerca de la justicia

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Una palabra y su necesaria conformidad al utilitarismo de esta época, como es la “justicia”, atraviesa el aire de nuestra realidad de una manera harto recurrente. Pedimos justicia por las consecuencias que la vida diaria nos presenta a cada paso, hasta por acciones menudas y sin importancia. Todo es injusto, como si estuviésemos atravesando una tormenta en la cual todo se nos pone en contra con un oscuro ánimo de hacernos daño.

“La vida es injusta”, es la contraparte de la optimista “la vida es justa…” y “tarde o temprano quien las hace las paga…” 

Pero en el transcurrir de nuestras vidas vemos que no es tan así, que quien comete injusticias a los ojos de la sociedad, no siempre las paga, es más, se sale con la suya. Y se muere sin haber rendido cuentas ante la justicia. Y nos contentamos con un ideal de justicia divina a la cual deberá someterse en el más allá. Pero esa es otra justicia, la que en oriente se conoce como karma, una palabra cuyo significado es “acción”, y como se sabe toda acción tiene su reacción. Entonces, las acciones que cometemos en esta vida tendrán su “justa” reacción cuando atravesemos el umbral de la muerte. Es como una justicia metafísica, trascendental, religiosa o casi religiosa, que nos llevaría a otra discusión distinta del objeto de la presente editorial.

La justicia a la que hago referencia, es la justicia que surge de nuestros pesares en las relaciones humanas, complejizadas por la sociedad, que genera aún más situaciones de injusticias al intentar someter a los individuos a las normas establecidas.

Ya Aristóteles decía que “en tanto que el transgresor de la ley es injusto, mientras que quien se conforma a la ley es justo, es evidente que todo lo que es conforme a la ley es de algún modo justo; en efecto, las cosas establecidas por el poder legislativo son conforme a la ley y decimos que cada una de ellas es justa” (1)

Los sofistas sostenían el carácter utilitarista de la justicia, con el objetivo de preservar el orden de la sociedad y así ha sido sostenido a lo largo de las épocas por muchos pensadores, que vieron en el sentido práctico de la justicia la posibilidad de ordenar el caos. El concepto ingresa de lleno en el mundo de la política con ese sentido de la justicia que otorgó Hobbes para que no se produzca “una guerra de todos contra todos”, es decir, salir de ese estado de permanente guerra en que se cocinan las injusticias, para alcanzar estados de felicidad y de bienestar.

Y tanto Hobbes, como posteriormente Hegel, pensarán el Estado como la posibilidad de dirimir conflictos y establecer pautas absolutas para que las sociedades se desarrollen con la menor cantidad de injusticias que lleven al caos.

Pero ahí viene el problema. Esa justicia que construimos los seres humanos para aplicarla a aquellos que violentaban la sociedad con sus “injustas acciones”, es ejercida por personas que forman parte de nuestra misma humanidad.

Entonces, cuando no se cumple con el ajusticiamiento que la sociedad pretende en base a sus leyes creadas para tal efecto, comienzan a escucharse las quejas sobre la falta de justicia y por todo lo que representa la injusticia, con los efectos nocivos sobre el ánimo de los individuos.

Las sociedades modernas han alcanzado un grado de justicia superlativo (o por lo menos eso creemos) y lanzamos a la justicia, entendida ya como el organismo del estado encargado “de proveernos paz y felicidad”, todos nuestros problemas, para que los resuelva de acuerdo a las leyes y normas que ya hemos establecido como sociedad.

Y es así que nos vemos hoy enfrentados en grietas y en oposiciones, en odios y rencores anclados en el pasado, en recriminaciones presentes y en acusaciones al futuro; con violencias sociales de todo tipo; con las injusticias de la delincuencia y con la delincuencia de las justicias; con el clamor de la paz y la libertad envueltos en el lodo de las injusticias. 

Los seres humanos cometemos las injusticias y ejercemos la justicia, en un ciclo de repetición permanente en el que los actores muchas veces cambian de roles y los que hoy son ajusticiados mañana ejercerán justicia o viceversa.

Quizás, hoy más que nunca, aquel viejo proverbio bíblico de “quien esté libre de pecados que arroje la primera piedra”, sea la más eficiente verbalización de que las injusticias, como la justicia, forman parte de un universo humano al cual es difícil apreciar en su plenitud, en tanto continuemos sumergidos en la confusión que genera la ignorancia de saber que todos somos, de alguna manera, un poco de luz y un poco de oscuridad. Tomar consciencia de ello ayudaría mucho a la aplicación de una justicia que ayude a sobrellevar esa eterna sensación de que la injusticia es la única que reina sobre nuestras cabezas.

 

 

(1) Ética a Nicómano

 

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César Ríos

Director editor Diario Síntesis.

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